Día: 7 octubre, 2010

Crisis cósmica en un hostal de Jesús María


Franz Frazetta y su Death Dealer hacen sentir su influencia en el Cazador de la novela de Rothgiesser.

El economista Hans Rothgiesser ha descubierto cómo viajar entre universos. Bueno, no él pero sí los personajes que ha creado para el Heraldo en el muelle, su primera novela, publicada el año pasado bajo el sello Bizarro Ediciones, y a la que coloca dentro del género de la ‘fantasía irónica’.

Y esto de los saltos entre universo y universo es algo que Rothgiesser se toma muy en serio, aunque no lo parezca, y a pesar de que un conejo antropomorfo y algo torpe es la principal compañía del protagonista de su historia: el adolescente limeño Guillermo Luna.

En el resumen, la aventura de Guillermo es bastante sencilla. El joven vende sin querer su alma al diablo, que anda escondido en unas barajas mágicas, y a partir de ello se ve envuelto en un éxodo que lo lleva a escenarios alejados de lo humano, como un caótico terminal interdimensional, un mundo plagado de zombies reptilescos, un hostal de Jesús María que conduce a otras realidades y un inhabitable Jirón de la Unión.

De hecho, si ha pensado en Rothgiesser como un autor al que le encanta hacer zapping con sus personajes, puede que no esté tan lejos de la realidad.

Actualmente, el economista prepara una segunda novela. Además anuncia que podría haber una reedición de El heraldo en el muelle, donde se eliminarían algunos gazapos que resultaron inmunes a la corrección original.

Esta semana busqué a Rothgiesser para que me hablara del proceso de creación de sus novelas, pero terminamos hablando de otros temas, como la movida actual de la literatura fantástica (la que ve con mucho entusiasmo). Parece ser que el autor comparte la habilidad que tienen sus creaciones para saltar a otros ámbitos sin dificultad.

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El hablador que se asomó a lo fantástico



Aunque admiro mucho su trabajo y su capacidad investigativa, Mario Vargas Llosa siempre me pareció ajeno a lo fantástico, al tema central de este blog. Eso fue hasta que mi amigo Jorge Coaguila me prestó hace muchos años El Hablador, la novela en la que Vargas Llosa cuenta, en la voz de dos narradores, la historia de Saúl Zuratas, un estudiante de etnología que desaparece de un momento a otro, y aparece años después integrado a la sociedad machiguenga.

Y es a propósito de la transformación de Zuratas, que Vargas Llosa rescata algunos mitos de la amazonía que siempre lo ha seducido: los habladores que guardan la memoria de Tasurinchi y Kientibakori, el echarse a andar, las leyendas de la maternidad, todo en un solo paquete y con la maestría del arequipeño más querido por los peruanos.

Hoy que ha sido premiado con el Premio Nobel quería recordar este aporte de Vargas Llosa a la fantasía. Es mi modesta manera de sumarme a la celebración.

A continuación, un párrafo de El Hablador:

 

Le conté todo esto a Tasurinchi, el que vivía antes en el río Mitaya y vive ahora monte adentro del río Yavero. Pensativo, reflexionando, me comentó: «No lo comprendo. ¿Teme que su mujer sea una sopa¡ porque bota niños muertos? astas serían diablas también, entonces, porque no sólo paren muertos sino, a veces, sapos y lagartijas. ¿Quién ha enseñado que una mujer es bruja mala cuando lleva muchos collares? Desconozco esa sabiduría. El machikanari es brujo malo porque sirve al soplador de los demonios, Kientibakori, y porque los kamagarinis, sus diablillos, lo ayudan a preparar hechizos, así como al seripigari, brujo bueno, los diosecillos que sopló Tasurinchi lo ayudan a curar daños, deshacer hechizos y descubrir la verdad. Pero tanto el machikanari como el seripigari se ponen collares, que yo sepa».