Mes: diciembre 2010

Elías Zenteno, el intérprete del muqui


El siniestro muqui, en los lápices de Elías Zenteno.

En los años 70, cuando Elías Zenteno trabajaba como obrero en un asiento minero de Laraos, (provincia de Yauyos, Lima) sus historietas permanecieron ocultas, como si se trataran de los verdaderos tesoros que escondía el socavón al que acudía a laborar. Y lo curioso es que todas esas viñetas describían el trabajo que se hacía en esas galerías subterráneas. Era una decisión extraña. En la época del exacerbado nacionalismo de Velasco Alvarado, don Elías dibujó en sus historietas la vida en las minas pero poco personas pudieron ver sus trabajos.

Quizá lo más sencillo para el artista fue graficar lo que ocurría bajo tierra. Empezó a darle a los lápices desde niño, influenciado por el trabajo que vio en las tiras de Rip Kirby o en los viejos cómics de Roy Rogers, Superman y Tarzan. “Yo también puedo hacer esto”, se decía, y así, de a pocos, empezó con su sueño de convertirse en dibujante. Incluso llevó un curso de historieta por correspondencia. “Pero solo para perfeccionar la técnica del guión”, cuenta.

Dibujó de todo. Temas religiosos, guerras, aventuras y aunque lo hizo bien, la recompensa fue escasa. Nunca encontró trabajo como historietista. Por eso se convirtió en minero y dejó por un tiempo el arte. Hasta que la tierra misma lo obligó a volver a sus viñetas.

“Nadie había dibujado lo que pasaba en las minas, yo lo hice”, afirma, mientras muestra las cartulinas en las que tiene todos sus trabajos. Sus personajes, desde entonces, cambiaron. Las páginas que dibujaba se poblaron de operarios con casco, patrones, ingenieros y del muqui, ese duende que reina en las profundidades andinas.

Hoy, que ya ha dejado atrás la vida en las minas, quiere volver a dibujar, publicar en un solo tomo sus viejas historietas. La empresa privada podría darle una mano.

(He colgado uno de los trabajos de don Elías al final de este post)

Primera página de Trato con el Muqui. Puede ampliar la página y darle click a siguiente imagen para leer la historieta completa.

El juicio final de Alan Moore


Sentinel, el personaje del que se vale Moore para criticar a Rob Liefeld.

El mejor guionista de cómics de superhéroes del mundo no es, ni por asomo, el artista más querido de esta industria. En 1986, con la historia de los decadentes vigilantes de Watchmen, el británico Alan Moore cambió las reglas de juego en el negocio de los justicieros enmascarados, pero la admiración que ha despertado en el mundo, es inversamente proporcional a la relación que mantiene con sus ex empleadores. Y es que el excéntrico guionista, que ahora se presenta como un chamán, no se cansa de dar portazos y de criticar con acidez, entre otras cosas, a las adaptaciones cinematográficas que se hacen de sus obras.

Alan Moore
Rob Liefeld

“Quizá la película esté maldecida en la distancia, sí, desde Inglaterra. Y les puedo asegurar que yo soy capaz de escupir veneno sobre ella todos los meses que falten hasta el estreno”, declaró, por ejemplo, poco antes del estreno, en 2009, de la adaptación que hizo Zack Snyder de Watchmen.

Y claro, ante el estilo deslenguado de Moore, hay algunos que se animan a responderle. Ese es el caso del norteamericano Rob Liefeld, un empeñoso pero poco talentoso dibujante, guionista y aspirante a magnate de los cómics que contrató al británico en 1997 para relanzar los personajes que creó bajo el sello Image. “No he sacado el grueso de mi trabajo de Alan Moore, no me intimida, no lo pongo en un pedestal como a Jack Kirby y Frank Miller. Sólo es un tipo que quiere que le paguen, y hace tratos que después no le gustan, y después se pone quejica y llora por ello”, dijo Liefeld sobre Moore en el 2007, diez años después de que trabajaran juntos.

El encono de Liefeld contra Moore tiene un origen que vale la pena contar. El estadounidense fue uno de los siete artistas que fundó Image Comics en 1992, una editorial que intentó darle batalla a las gigantes del cómic superheroico de Estados Unidos: DC Comics y Marvel Comics. Es bajo este sello que nacieron personajes tan interesantes como Spawn de Todd McFarlane y Savage Dragon de Erik Larsen. Liefeld, por su parte, creó Youngblood, una serie con la que empezaron las críticas que hasta ahora lo persiguen. Que si Youngblood era una copia de X-Men, que los personajes que dibujaba parecían adictos a los esteroides, que si trataba de esconder su escaso dominio de la figura humana con abundantes líneas cinéticas o que su concepto de buen guión eran las películas de Rambo, estaba claro que Liefeld no era el artista más respetado de los noventa.

Cansado de todos los palos que le llovieron, Liefeld dejó Image y trató de fundar su propia compañía: Awesome. Su idea era relanzar a sus personajes con nuevos orígenes y para ello contrató a Moore. Sin perder tiempo, el guionista diseñó una historia a la que título: Judgment Day (Día del Juicio), que tendría como protagonistas a los Youngblood. La cosa resultaba atractiva. Judgment Day enfrentaba a los superhéroes de Liefeld con el sistema judicial, ya que uno de ellos estaba acusado por homicidio. Es decir, no era un cómic de buenos contra malos, sino la historia de un simple juicio, aunque los protagonistas llevaran mallas y capas.

Pues bien, la cosa prometía, pero previamente Moore debía resolver el tema del origen de las creaciones de Liefeld y decidió hacerlo de la manera más honesta posible, aunque tuviera que sumarse a la lluvia de palos que ya había caído sobre su contratante. En medio de la trama de Judgment Day, Moore introdujo al Libro de la vida, un artefacto que podía ser utilizado por el que lo poseyera para reescribir la historia. Luego, decidió que los Youngblood habían tenido aventuras ridículas y absurdas, “llenas de mutantes postnucleares y cyborgs con bazookas”, porque uno de sus integrantes así lo había escrito, convirtiendo su universo “en una mala película de acción”. En pocas palabras, Moore le estaba echando la culpa de la mala suerte de los Youngblood a los pésimos guiones de Liefeld, y lo más curioso es que el norteamericano terminó por dibujar el guión que le entregó el inglés.

Es obvio que Liefeld tardó en darse cuenta que Moore lo había ridiculizado públicamente. Tanto que solo diez años después se animó a declarar contra el británico.

Estocada de Moore en viñeta de Judgment Day.
El puntillazo final del británico.

Noche de brujas en Ayacucho


El castigo convierte en monstruos a hombres y mujeres en Ayacucho. Si uno se descuida, puede ser sorprendido por el jadeo siniestro de la jarjacha, ese ser que nace cada vez que se descubre un incesto en los andes. O, peor aun, si uno camina sin tomar precauciones puede encontrarse con la mula, el demonio en el que son transformadas las mujeres que seducen a los curas. Ni siquiera los cielos están libres. En la noche ayacuchana, las cabezas voladoras de las brujas pueden ser vistas mientras avanzan repitiendo su aullido siniestro: “Seq, seq, seq”.

Todas estas tradiciones fueron recogidas hace años por veteranos hombres de letras de Ayacucho que las transformaron en cuentos, y en 2007 estas mismas historias fueron recopiladas en un solo tomo por el escritor Willy del Pozo, editor de la casa Altazor. “El libro se llama Achachaw porque es la voz quechua se usa para decir: qué miedo”, explica.

A estas historias, el joven escritor le sumó uno de sus propios cuentos. Uno que mezcla el misterio de las tradiciones de su tierra con los años de violencia terrorista, y al que llamó Chuschi (*). Es como si Del Pozo hubiera descubierto que el horror une a los cuentos de espanto del ande y a la difícil realidad que tuvo (y todavía tiene) que afrontar su pueblo. Es como si la lectura pudiera conjurar todos estos miedos. Vale la pena leerlo.

(*) Chuschi es el distrito ayacuchano en el que se iniciaron las acciones terroristas de Sendero Luminoso, en mayo de 1980.

Achachaw en la versión de la editorial Altazor.

Ellas quieren tu corazón (y tus vísceras)


El escritor Carlos Carrillo se acomoda los botones de la camisa roja que lleva bajo el terno negro antes de empezar a conversar sobre su libro de cuentos. En el recibidor de su departamento una figurilla de la estrella porno Jenna Jameson, que va armada de un tridente, observa atenta, y detrás mío, una inquietante reproducción de Cronos devorando a su hijo, una de las Pinturas Negras de Francisco de Goya, vigila toda la escena.

Ni siquiera planeándolo hubiera conseguido mejor escenario para hablar de Para tenerlos bajo llave, la recopilación de los provocadores cuentos de horror de mi anfitrión, Carlos Carrillo, fiel lector de Howard P. Lovecraft, al que considera “un poco asexuado”, y de Charles Bukowski, ese viejo indecente al que le gustaba hablar de erecciones, eyaculaciones y exhibiciones.

Y, de hecho, es la mezcla de los dos autores totémicos de Carrillo la que ha definido un poco su estilo narrativo. No es casual que sus cuentos estén poblados de chicas que pueden hacerte pasar un buen momento antes de acabar contigo. Mujeres lobo, vampiras, santas homicidas, colegialas sádicas y brujas que habitan en Chacarilla del Estanque, todas sus protagonistas llegan cargadas de un gusto especial por el sexo y el gore, el tipo de violencia gráfica que se atribuye al buen George Romero.

Desde luego, el estilo del autor le ha traído algunos problemas, ha sido vetado en alguna ocasión y sus historias han sido calificadas de pornográficas (tal como cuenta en la entrevista que le hice). Pero él no se arredra. De hecho promete volver con más sexo y más gore con la novela que prepara para el próximo año. Las almas sensibles están advertidas.

P.D. Debajo de la entrevista he colgado un corto llamado El coleccionista, que está basado en uno de los cuentos de Carrillo.

Para tenerlos bajo llave en la versión de Bizarro Ediciones.

¡Derogan las leyes de Asimov!


Ilustración del artista Chris Grine.

Scarlet Legonía es una adolescente de 15 años a la que le gusta desafiar las normas vigentes (*). Hace poco, ganó el concurso de cuento Yo soy el robot, organizado por el proyecto Escuelab y Ata (Alta tecnología andina). Su historia, que, es cierto, pudo haber sido afinada un poco más, trata de un autómata que tiene algo de Hannibal Lecter y de Jack el destripador.

El pasado domingo 7 de noviembre, el Dominical de El Comercio publicó íntegramente su cuento que puede ser leído aquí. Lamentablemente, Escuelab ha desactivado los enlaces a los otros cuentos que participaron en el concurso. Esperamos que puedan reponerlos pronto.

Para no dejarlos con la intriga, pongo esta muestra del talento un poco siniestro de la joven Scarlet:

 

El robot era bien astuto, lo que pensaba
hacer era cortarle el pellejo y ponérselo encima
y así luciría como Juan. Primero, lo degolló,
luego le sacó toda la piel y así fue logrando su
venganza”.

 

(*) La historia ganadora del concurso de Escuelab derriba las leyes de la robótica, un conjunto de normas establecidas por el famoso Isaac Asimov en la mayoría de sus novelas y cuentos de ciencia ficción, que hoy son reinterpretadas por autores contemporáneos.

Estas son las tres leyes:

1.Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2.Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
3.Un robot debe proteger su propia existencia (por ser un sistema muy costoso), hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.