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El juicio final de Alan Moore


Sentinel, el personaje del que se vale Moore para criticar a Rob Liefeld.

El mejor guionista de cómics de superhéroes del mundo no es, ni por asomo, el artista más querido de esta industria. En 1986, con la historia de los decadentes vigilantes de Watchmen, el británico Alan Moore cambió las reglas de juego en el negocio de los justicieros enmascarados, pero la admiración que ha despertado en el mundo, es inversamente proporcional a la relación que mantiene con sus ex empleadores. Y es que el excéntrico guionista, que ahora se presenta como un chamán, no se cansa de dar portazos y de criticar con acidez, entre otras cosas, a las adaptaciones cinematográficas que se hacen de sus obras.

Alan Moore
Rob Liefeld

“Quizá la película esté maldecida en la distancia, sí, desde Inglaterra. Y les puedo asegurar que yo soy capaz de escupir veneno sobre ella todos los meses que falten hasta el estreno”, declaró, por ejemplo, poco antes del estreno, en 2009, de la adaptación que hizo Zack Snyder de Watchmen.

Y claro, ante el estilo deslenguado de Moore, hay algunos que se animan a responderle. Ese es el caso del norteamericano Rob Liefeld, un empeñoso pero poco talentoso dibujante, guionista y aspirante a magnate de los cómics que contrató al británico en 1997 para relanzar los personajes que creó bajo el sello Image. “No he sacado el grueso de mi trabajo de Alan Moore, no me intimida, no lo pongo en un pedestal como a Jack Kirby y Frank Miller. Sólo es un tipo que quiere que le paguen, y hace tratos que después no le gustan, y después se pone quejica y llora por ello”, dijo Liefeld sobre Moore en el 2007, diez años después de que trabajaran juntos.

El encono de Liefeld contra Moore tiene un origen que vale la pena contar. El estadounidense fue uno de los siete artistas que fundó Image Comics en 1992, una editorial que intentó darle batalla a las gigantes del cómic superheroico de Estados Unidos: DC Comics y Marvel Comics. Es bajo este sello que nacieron personajes tan interesantes como Spawn de Todd McFarlane y Savage Dragon de Erik Larsen. Liefeld, por su parte, creó Youngblood, una serie con la que empezaron las críticas que hasta ahora lo persiguen. Que si Youngblood era una copia de X-Men, que los personajes que dibujaba parecían adictos a los esteroides, que si trataba de esconder su escaso dominio de la figura humana con abundantes líneas cinéticas o que su concepto de buen guión eran las películas de Rambo, estaba claro que Liefeld no era el artista más respetado de los noventa.

Cansado de todos los palos que le llovieron, Liefeld dejó Image y trató de fundar su propia compañía: Awesome. Su idea era relanzar a sus personajes con nuevos orígenes y para ello contrató a Moore. Sin perder tiempo, el guionista diseñó una historia a la que título: Judgment Day (Día del Juicio), que tendría como protagonistas a los Youngblood. La cosa resultaba atractiva. Judgment Day enfrentaba a los superhéroes de Liefeld con el sistema judicial, ya que uno de ellos estaba acusado por homicidio. Es decir, no era un cómic de buenos contra malos, sino la historia de un simple juicio, aunque los protagonistas llevaran mallas y capas.

Pues bien, la cosa prometía, pero previamente Moore debía resolver el tema del origen de las creaciones de Liefeld y decidió hacerlo de la manera más honesta posible, aunque tuviera que sumarse a la lluvia de palos que ya había caído sobre su contratante. En medio de la trama de Judgment Day, Moore introdujo al Libro de la vida, un artefacto que podía ser utilizado por el que lo poseyera para reescribir la historia. Luego, decidió que los Youngblood habían tenido aventuras ridículas y absurdas, “llenas de mutantes postnucleares y cyborgs con bazookas”, porque uno de sus integrantes así lo había escrito, convirtiendo su universo “en una mala película de acción”. En pocas palabras, Moore le estaba echando la culpa de la mala suerte de los Youngblood a los pésimos guiones de Liefeld, y lo más curioso es que el norteamericano terminó por dibujar el guión que le entregó el inglés.

Es obvio que Liefeld tardó en darse cuenta que Moore lo había ridiculizado públicamente. Tanto que solo diez años después se animó a declarar contra el británico.

Estocada de Moore en viñeta de Judgment Day.
El puntillazo final del británico.
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El día de Alan Moore y Óscar Colchado


Watchmen, obra cumbre del guionista británico Alan Moore, y Rosa Cuchillo, mitología andina en su máxima expresión, gracias a Óscar Colchado.

No recuerdo cuál fue el primer comic que leí. Solo me acuerdo que había un robot dorado, que Superman había sido dibujado por Curt Swan, que era de tamaño águila (20 x 13 cm.) y que para ese entonces creía firmemente que el encapotado de rojo y azul hablaba mi idioma y que sus historietas las hacían unos hábiles señores mexicanos, que le habían robado la idea a sus vecinos gringos.

Para esa fecha, era difícil imaginar el tiempo que le iba dedicar a ese paladín y a sus amigos enmascarados, superveloces e indestructibles. No me detuve, hasta después de muchos años, a pensar que las historias que me contaban esos papeles mojados en tinta de colores eran absurdas y un poco ridículas. Yo solo me dediqué a disfrutar la fantasía del hombre que podía volar, y que llegaba siempre a tiempo para salvar a su novia de su enésima caída del piso más alto de un rascacielos.

Disfruté y todavía disfruto mucho con ese tipo de fantasía. Y lo bueno de los héroes es que siempre te llevan por la ruta de otros titanes. Debía tener 10 u 11 años cuando La Odisea llegó a mis manos, y un poco más cuando La Ilíada desconfiguró todas mis funciones cerebrales. El efecto del papel mojado en tinta negra fue idéntico al que producían mis viejas viñetas. La literatura me acompañó desde entonces, aunque siempre como una hermana menor de mis historietas.

Pero en los 90 y sobre todo en estos últimos 10 años la cosa se fue emparejando. He debido de leer a Alan Moore al mismo tiempo que a Lovecraft, y he tenido a Frank Miller compitiendo con Bram Stoker, por un turno en mi mesa de noche.

Recientemente, sin embargo, le puse un nuevo requisito a los cuentos y novelas que leería: debían ser peruanas, pero llenas de la misma fantasía que ya había visitado con autores extranjeros. Y aunque aún tengo una deuda pendiente con José Adolph, creo que he ido cumpliendo con mi propósito. Desde la conmovedora historia de Rosa Cuchillo de Óscar Colchado hasta el reciente Fantasmocopio de Carlos Enrique Freyre, la literatura fantástica peruana se ha convertido en mi nueva compañía.

Este blog trata de esta nueva relación, de mitología andina, de vampiras que arriban a Pisco, de viajes en el tiempo y de mundos en los que ganamos todas las guerras que hemos perdido. Los que frecuenten este espacio podrán encontrar a los autores de estas historias o a sus más fieles lectores. Y también, claro, estarán presentes mis viejos amigos encapotados. Habrá mucho spandex (material que se usa para confeccionar el uniforme de los superhéroes) y comentarios sobre el mainstream gringo. No le cierro las puertas a DC o a Marvel. En realidad, hoy le abro las puertas a todos. Bienvenidos.